Varios y otros Varios, otros y pruebas


 
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  #441  
Viejo 03/01/12, 15:40:46
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Ayer fuí a felicitar el año nuevo al sacerdote con el que me suelo confesar, por delante por la ventana principal, y ví que tenía una hoja con palitos tachados, como si estuviera llevando la cuenta de algo. Me dijo que eran las confesiones, que cada vez que alguien entraba a confesarse trazaba un palito, y tenía una hoja para cada mes. Era una manía, no servía más que para que al final de año supiera por curiosidad cuántas confesiones había hecho. Las del año 2011 ya las podía sumar, totalizaban 5491 confesiones.

Me dijo que viera cuántas personas se confesaban, porque a veces alguien le decía que la gente no se confesaba, que iba a comulgar directamente y que por lo visto no pasaba nada. Pero él respondía a esa persona que no, que el que no se confesaba sería él, porque en el confesionario no paraba de recibir gente para que el Señor le perdonara los pecados.

Entonces le dije que me iba a aprender el número de 5491 para contarlo a través de Internet (pensando en estos mensajes que escribo) y que supiera que lo que él me había contado se iba a enterar más gente, que le iba a hacer de altavoz, con lo cual se alegró mucho. Terminó diciéndome que hay quien tiene miedo a confesarse porque cree que se le va a reprender, y nada más lejos de la realidad, ahí está el sacerdote para acoger, para perdonar; no para felicitar por los pecados cometidos, evidentemente, pero tampoco para reñir a nadie sino para recordar que ese no era el camino, y en todo caso para felicitar por la decisión de venir a limpiar el alma.

Y recordó el pasaje del Evangelio en el que Jesús se presenta resucitado ante los apóstoles, pero Tomás no estaba. Y cuando le contaron a Tomás que el Señor les había venido a visitar en cuerpo vivo, dijo aquella bravuconada de que no se lo creía, que la próxima vez tenía que meter el dedo en el agujero de los clavos y sacarlo por el otro lado y meter la mano en la herida del costado, y que si no, no se lo creía. Pues cuando vino de nuevo Jesús, ya con Tomás presente, no le riñó, no le reprendió, sino que le dijo con mucha dulzura: "Ven, Tomás, mete tu dedo en los agujeros de mis manos, y tu mano en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente". Y con esta pedagogía de la dulzura y del cariño, Tomás cayo de rodillas exclamando la famosa frase: "¡Señor mío y Dios mío!". Pues dicho queda; ya he cumplido la promesa que le hice a este sacerdote de 89 años, del que tantas veces se ha servido Jesucristo para perdonarme a mí y a tantos ciudadanos que han pasado por el sacramento de la Alegría.



  #442  
Viejo 05/01/12, 00:21:16
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¡EXCELENTÍSIMAS MAJESTADES REYES MAGOS DE ORIENTE: MELCHOR, GASPAR Y BALTASAR!

Queridos Reyes Magos:

Todos los años, cuando llegan estas fechas, mi pensamiento se vuelve hacia vosotros. Y, junto con el pensamiento, mi corazón va dictando una serie de deseos que, con vuestra ayuda, quisiera los llevaseis a feliz realidad.

Dejad en el mundo UNA ESCOBA. Para barrer todo lo que suene a violencia y terrorismo. Que no quede ni un solo rincón en las personas con resquicio de rencor o de odio.

Traed, y abundantemente JABÓN. Para limpiar nuestras personas de aquello que, la sociedad, va imponiendo como normal y lógico.

Echad, en los ojos de todos los hombres y mujeres, COLIRIO. Para que, los unos a los otros, lejos de vernos como adversarios, sepamos contemplarnos y respetarnos como hermanos.

Esconded, debajo de las almohadas de los que os esperan, SUEÑOS. Nunca, como hoy, tenemos abundancia de bienes para vivir y, nunca como hoy, hemos perdido los ideales por los que luchar.

En un rincón del corazón de las personas, derramad toneladas de AZUCAR. Las prisas, los agobios, los trabajos, el afán de superación, nos está convirtiendo en autómatas. Escasamente nos miramos a los ojos. ¡Necesitamos un poco de dulzura!

Si, en vuestros almacenes existen, solicitamos que nos proporcionéis unas LIMAS. Cada día que pasa, y por diversas circunstancias, los tropiezos, las dificultades, los roces, hacen que nos distanciemos y que se acrecienten las diferencias. ¡Necesitamos suavizar las discrepancias!

Traednos unas grandes TIJERAS. Para cortar todo aquello que no es positivo en nosotros. Para confeccionar un traje con la etiqueta del amor, con los botones de la esperanza y de la caridad. ¡Ayudadnos a vestir con el traje de la Fe!

Que vuestros pajes, aunque tal vez piensen que no ocupa nada, que nos transporten un poco de ALEGRIA. Es un bien muy escaso. Es tan invisible que, en el mundo donde vivimos, no lo percibimos. ¡La necesitamos para volver a sonreir!

Todos los años, os dejamos en el balcón o en la ventana, nuestro calzado. En el presente año dejadnos unos ZAPATOS CELESTIALES. De tal manera que, al colocarlos en nuestros pies, caminemos por las sendas de la verdad, de la justicia y del perdón. ¿Tendréis mi número?

Si además añaden un ABRELATAS para abrir nuestro corazón a Dios y un IMPERMEABLE para protegernos de las tormentas que descargan contra nuestras convicciones religiosas, os quedaré –como si fuera un niño- altamente agradecido.


  #443  
Viejo 05/01/12, 16:41:18
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Los Reyes Magos. Oro, incienso y Mirra. Es la triple consideración de Jesús. Oro por ser nuestro rey, al que como tal hay que servir para nuestro propio bien porque nos protege y provee; incienso por ser nuestro Dios, al que hay que alabar y al que dentro de unos años iremos como el incienso, subiendo hacia los cielos, si es que nuestra alma huele tan bien como este material. Y mirra, porque es un hombre, no es un dios alejado que nos mira desde su trono celestial y siente compasión, sino que viene, se moja, se hace uno más de nosotros, y si el hombre sufre, Él es el primero que quiere gustar la sangre en su boca; si el hombre tiene problemas económicos, Él es el primero que quiere experimentarlos viviendo como el más pobre; si a sus seguidores les odiarán, Él es el primero que quiere sentir los salivazos y las blasfemias en su propia carne; si al hombre le es difícil llevar una vida santa, Él es el primero que quiere ser tentado y vencer al demonio con su Amor. Y los tres regalos le son presentados de rodillas, adorándole. Por eso hay un momento en la misa que es el momento de los Reyes Magos, donde todos somos Melchores, Gaspares y Baltasares: cuando levantan a Dios en la Sagrada Eucaristía y todos nos arrodillamos.

¿Eran magos? Pues sí, en el sentido de que se interesaban por conocer las cosas ocultas, la sabiduría esotérica del mundo, la astrología, las profecías, las religiones paganas, etc. Eran simplemente buscadores de Dios, y por fin lo encontraron. ¿Eran reyes? No lo dicen los evangelios pero una profecía habla de que “y los reyes de la Tierra vendrán a postrarse a sus pies”. De hecho, en un evangelio apócrifo se cuenta que venían con tres pequeñas legiones de soldados de Persia, Babilonia y Asia, luego podrían ser reyes o por lo menos grandes señores. ¿Eran tres? No lo dicen los evangelios, se supone por lo de oro, incienso y mirra. ¿Dónde están enterrados? Cuenta la tradición que están en la Catedral de Colonia, donde los visitantes veneran sus sepulcros. ¿Qué fue de ellos cuando volvieron a Oriente? Cuenta la tradición que el apóstol Tomás se interesó por ellos, después de la Resurrección de Jesús, y viajó para conocerlos. Los encontró en Saba, recibieron el bautismo y los ordenó obispos. Fueron martirizados por ser obispos de Jesús en aquellas tierras lejanas, y enterrados en un mismo sarcófago, que fue trasladado a Constantinopla y en el siglo XII Federico I Barbarroja los llevó a Colonia (Alemania). Llegaban tantos peregrinos que al final construyeron un templo que se convirtió luego en una gran catedral. ¿Qué era la estrella de Belén? Se ha dicho desde que fue un cometa conocido hasta que fue un ovni. El caso es que una luz en el cielo guió a los magos y se paró en la vertical del pesebre. Pudo ser algo sobrenatural; si en Fátima danzó el sol ante 70.000 testigos, como también se ha filmado en Medjugorje y en otros sitios, también pudo ocurrir algo prodigioso en el cielo en el nacimiento de Jesucristo. ¿Vienen realmente por la noche a las casas a traer los regalos?… Mejor que contestar a esta pregunta, miremos mañana si hay algo en nuestros zapatos; y si no lo hay, a lo mejor es que no has sido bueno… ¿Los reyes son los padres? No, pero los padres les ayudan a hacer realidad ese espíritu; ninguna chica que reciba una carta de amor dirá “he descubierto que mi novio es en realidad el cartero”, sino que a su través alguien se la ha enviado, y es así como hay que explicarles a los niños cuando son mayores, que los reyes existen en el Cielo, pero los padres les ayudan a hacerse presentes cada 6 de enero. ¿Qué son en realidad los regalos que reciben los niños este día? Una metáfora pedagógica que se nos graba en el inconsciente sin que nos demos cuenta: la noche del 5 de enero es la muerte, y el amanecer del 6, la felicidad del Cielo. El niño que ha tenido reyes en su infancia, vivirá su vida con más esperanza. Ese es el mejor de los regalos de reyes, la Esperanza.
  #444  
Viejo 06/01/12, 20:02:26
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http://www.youtube.com/user/50pregun...eo-mustangbase
  #445  
Viejo 20/01/12, 16:01:50
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Detrás de las palabras y de los conceptos hay muchas realidades de las que no nos percatamos si alguien no nos llama la atención sobre ellas.

  #446  
Viejo 21/01/12, 03:00:45
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En el Cielo se acabaron nuestras penalidades, de todo tipo: de salud, económicas, sentimentales, emocionales, y todo tipo de problemas. En el Cielo no hay hospital. Juan Luis Guerra.
  #447  
Viejo 24/01/12, 00:48:31
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Dios te ama
  #448  
Viejo 26/01/12, 22:38:33
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1231. 11 de abril de 1942. "*Yo prefiero con mucho y, debes creerlo, a un
alma que ha caído con frequencia, pero que se humilla a Mis Pies, más bien
que a outra que vive satisfecha de sí misma y no piensa tener nada que
reprocharse*. Manifiéstame cada día, hija, tu arrepentimiento. Mira tus
faltas y ofrécemelas, para que Yo las repara, Admite tu debilidad, tus
fracasos. Y dime. 'Creo Amigo mío, ayúdame, ya sabes que sola yo nada puedo,
pero que contigo lo puedo todo'. Y vuelve a emprender el camino, cada día,
llena de confianza en Mí. Y aun cuando no aprecies ningun progreso,
fortifícate en la pa*ciencia. ..."

1231. 11 de abril de 1942. .
"Que tus faltas no te alejen nunca de Mi;
y cuando las distracciones te arrastran, vuelve luego, como si nada hubiera
pasado. Pon tu corazón en el Mío y no tengas otra voluntad que la Mía."*


Están sacadas de este libro, que para muchos es su guía de oración diaria, las revelaciones de Jesús a Gabriella Bossis:
http://jesussalvamifamilia.org/docs/...ela_Bossis.pdf

  #449  
Viejo 21/02/12, 21:55:59
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Miércoles de Ceniza

EL CAMINO DE LA CONFIANZA


"Memento homo quia pulvis es et in pulverem reverteris"
. Recuerda, hombre, que polvo eres y en polvo te convertirás".

Los filósofos budistas descubrieron el obstáculo que impedía a los hombres ser felices: el deseo. Cuando uno desea algo y se cumple, obtiene una satisfacción, que en las condiciones adecuadas y si no hay otras cosas que le molesten, puede hacerle experimentar algo parecido a la felicidad, aunque pronto se apaga cuando uno se cansa de lo conseguido o bien hasta que aparezca el próximo deseo.

Depender del cumplimiento de los deseos para ser feliz tiene un grave problema, que los deseos tienen que cumplirse, cosa imposible de que ocurra con todos, por lo que pronto aparece la frustración y la infelicidad, y aun en un caso ideal en que todos se cumplieran, siempre nos faltaría algo, como le pasaba al Príncipe Sidharta, que todo lo tenía menos la felicidad. La felicidad verdadera ha de ser libre; la felicidad esclava de los deseos es un sucedáneo engañoso que defrauda, lo que pasa es que es muy fácil de amar, de apegarse a ella, y es la trampa en la que todos caemos desde bien pequeños. El primer llanto de un niño al no conseguir lo que quiere, indica que un nuevo ser humano ha caído en la trampa.

Buda propuso un nirvana, un apartamiento de los deseos en el que uno guarda la serenidad y la ecuanimidad, es decir, que tanto si las cosas van bien como mal, uno se encuentra equilibrado, que es el estado que nos recuerda la meditación y cuya práctica ayuda a conseguirlo con mayor facilidad. De esta forma se puede disfrutar de las cosas con moderación, sin pasión por lo grato pero también sin aversión a lo ingrato. Muchas personas viven así.

Jesús, el Hijo de Dios, nos ofrece un paso más. Es el camino de la confianza. Nos dice que todo depende de Dios -Padre Bueno-, y que por tanto, confiemos en Él. Somos ovejitas mansas que se deben dejan conducir por el Buen Pastor que nos ama y que da la vida por sus ovejas. "Omnia in bonum", todo es para bien, todo lo que sucede es bueno sin que sepamos todavía por qué. La vida es como un tapiz visto por detrás, incomprensible, pero algún día nos enteraremos de que aquel hilo azul es un río o aquel verde un árbol. De esta manera, uno no se aparta de la vida, no emprende un camino de negación de los pensamientos y sentimientos que pueden hacernos sufrir, sino que se lanza de cabeza a la vida, pero comprendiendo que nuestros caminos no son los caminos de Dios, que Él sabe más que nosotros, que nos relajemos y nos dejemos llevar, porque lo que Dios no nos da es que no valía gran cosa. Durmamos confiados en los brazos de nuestro Padre Celestial, Él sabe adónde llevarnos. "Nada importa nada. Y si importa ¿qué pasa? Y si pasa ¿qué importa?" (Santa Teresa de Jesús)

¿Hay un procedimiento para conseguir este desapego de las cosas y esta confianza en Dios que nos hace aceptar y amar hasta las contrariedades de la vida?

Uno interesante es el siguiente.

1º._ OBRAR. Actuar, trabajar para conseguir lo que se quiere. "A Dios rogando y con el mazo dando". No ser como el chiste del que se queja porque le pide a Dios que le toque la lotería, y recibe un mensaje que dice: de acuerdo, pero por lo menos compra un décimo. O el de aquel otro que espera en el tejado de una casa que le salve Dios de una inundación y se pone a rezar; viene una balsa y les dice que no se va con ellos porque confía en que Dios le salvará, viene una barca y les dice lo mismo, viene un helicóptero y también lo rechaza. Al final muere y en el Cielo se queja de que Dios no le salvó, y éste le dice: Hijo, te envié una balsa, un barco y un helicóptero pero no los quisiste... Así que lo primero es seguir esta máxima "Obra como si todo dependiera de ti, y luego espera como si todo dependiera de Dios".


2º._PEDIR. Dios nos ama, pero quiere que le pidamos. No estamos en coma, que nuestra alimentación depende del horario que tiene escrito la enfermera. Estamos conscientes y tenemos inteligencia y boca para pedir. Dios quiere que por lo menos tengamos la humildad de pedir. Él nos da lo que necesitemos, como Padre Nuestro que es, pero quiere que se lo pidamos, que nos despojemos de nuestra soberbia y no se nos caigan los anillos por decir: Señor, ayúdame. Muchas veces Dios nos da cosas sin pedirlas o sin fe por nuestra parte, pero él no quiere que se haga así. Para la que la oración de petición sea como Dios quiere, uno tiene que estar reconciliado con Él, haberle pedido perdón en confesión, estar en Gracia de Dios, y fundido con Él por la Sagrada Comunión. Y luego quiere que pidamos a través de la Virgen María, y ninguna oración mejor en este sentido que el Santo Rosario. Es decir, rezar el Rosario estando en Gracia de Dios, y rezarlo con una grandísima Fe (si no se tiene, hay que pedirla también) "Para Dios no hay nada imposible" y con una grandísima humildad, sometiéndonos a lo que quiera el Señor para nosotros, sin exigir, sabiendo que no somos nada, no merecemos nada y Él lo es todo y merece todo, pero tenemos la suerte de que Dios está loco de Amor por nosotros.


3º._CONFIAR. Este es el quid de la cuestión, el punto más importante. Cuando pedimos, Dios no siempre nos da lo que pedimos, sino lo que es bueno para nosotros aunque no lo entendamos. Mucha gente que pide sin humildad se enfada porque pidió a Dios algo y se lo concedió. Pedir es llamar la atención de Dios sobre una necesidad, comunicarse con Él, expresarse, pero luego Él actuará sabiamente como sabe. Él ha creado el Universo, nos ha creado a nosotros, ¿dejará de saber qué nos conviene más? Nosotros sí que no sabemos nada.

Las ovejas no entienden. Si ven una cuesta hacia abajo la consideran mejor que una cuesta hacia arriba; sólo el pastor sabe que esa cuesta hacia abajo va en dirección contraria o llega a un río que no se puede atravesar, y a lo mejor elige la cuesta arriba o el terreno pedregoso. O a lo mejor hace retroceder a las ovejas por el mismo camino por el que vinieron; ellas no entienden nada, sólo el pastor sabe que van en busca de la oveja que se perdió y por eso caminan en dirección contraria. Los caminos del Señor son inescrutables, dejémonos llevar por Él. Pidamos lo que creamos que necesitemos, pero que luego sepamos no recibirlo y recibir otra cosa en su lugar, o atravesar una etapa de amarguras. Por algo será. Dios sabe más qu enosotros, es sapientísimo. Él lo hace todo bien. Basta ver cómo Él mismo murió en la Cruz, y algo parecido hemos de pasar todos con penalidades en la vida. Esta vida es más sufrimiento que placer, pero siempre alegría y esperanza. No nos asustemos de las cuestas arriba, ni creamos que Dios no nos quiere porque no nos concede lo que queremos. Dejémonos llevar por su mano cariñosa y sabia. "

"No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal."
(Mt 6, 25-34)

Cuando vamos en coche con alguien de confianza, podemos echarnos a dormir. Con los ojos cerrados sentiremos curvas, sentiremos baches, pero no nos asustamos, no vigilamos para que no se salga de la carretera o para que no se equivoque de camino. Confiamos en el conductor; si él toma ahora una curva, será porque hay que tomarla; si ahora detiene el coche, será porque hay que detenerlo; si sentimos baches pronunciados será porque hay que pasar por esa carretera accidentada, mejor que por otra. Confiamos en él y seguimos durmiendo. No paremos de repetir a todas horas y ante cualquier inquietud que nos asalte: ¡¡¡JESÚS, CONFÍO EN TI; JESÚS, CONFÍO EN TI; JESÚS, CONFÍO EN TI!!!

Un sacerdote contaba que le sorprendió un enfermo de SIDA que le dijo: yo en toda mi vida sólo he sido feliz desde que me dijeron que me iba a morir, porque antes estaba lleno de preocupaciones, y ahora que sé que me voy a morir, por primera vez en mi vida no me preocupa nada, no lucho por nada, no estoy pendiente de nada, todo es como cuando era un niño pequeño y sólo disfruto de todo y doy gracias por cada nuevo minuto maravilloso de vida.


4ºDISFRUTAR CON ALEGRÍA DE LA VIDA Y DEL AMOR
Ya hemos hecho lo que estaba en nuestra mano, ya hemos pedido con fe y humildad, ya hemos aceptado el camino por que el que nos está llevando el Señor, probablemente contrario al que habíamos pedido. Ya estamos en sus manos de padre amoroso, y en brazos de la Virgen María. ¿Qué toca hacer ahora?

Pues nada, simplemente vivir. Fuera preocupaciones, ya conduce Dios el coche de nuestra vida. Ahora disfrutemos del paisaje, deleitemonos con la belleza de la naturaleza, cantemos, sonriamos, conversemos. Todo va bien. Centremonos en aquello que nos gusta y no dediquemos un segundo más a pensar en lo que nos puede preocupar. Si hemos hecho lo humanamente posible, si hemos rezado, ya está, ya no se puede hacer más, vamos dirigidos por Dios. Ahora a disfrutar del viaje con alegría. Por eso, el buen cristiano, el santo, nunca está amargado, nunca está triste a pesar de que padezca. San Pablo dijo: "¡Estad alegres, os lo repito, estad alegres!" ¿Y dónde dijo aquello? En la cárcel, en aquellas cárceles antiguas, lúgubres, malolientes, claustrofóbicas y frías.

Cantemos canciones alegres, como los niños que van de excursión, porque su papá conduce el coche y se fían de él, y a ellos nada más que les toca ya cantar y reír.


  #450  
Viejo 25/02/12, 20:48:10
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  #451  
Viejo 13/03/12, 23:34:52
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¿Cuándo es el tren más libre, fuera o dentro de las vías?
  #452  
Viejo 16/03/12, 12:12:55
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Brigitte Bardot


Greta Garbo.


Robert Redford


Paul Newman



"Polvo eres y en polvo te convertirás".(Génesis 3, 19)
"Nunca más servir a un señor que se me pueda morir" (San Francisco de Borja, impresionado al abrir el ataúd de una dama a la que servía y a la que admiraba por su belleza, unos días después de un largo viaje en carreta para transportarlo.)
"Confiad, Yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33)
  #453  
Viejo 18/03/12, 23:00:54
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San José.

Estaba escuchando en misa una homilía sobre San José, que tuvo que irse a Egipto con la Virgen y el Niño Jesús, y he pensado que San José, la Virgen y el Niño Jesús fueron inmigrantes. Así que hoy es la festividad de San José inmigrante, el Padre de Dios.



Mi canción favorita sobre San José, aunque ya la hemos puesto otras veces.


También es el Día de Seminario. Decía San Juan María Vianney que si supiéramos lo que significa un sacerdote moriríamos inmediatamente de amor.

Última edición por Pumbyto Día 18/03/12 a las 23:04:00
  #454  
Viejo 20/03/12, 23:11:24
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EL SEÑOR ES MI PASTOR, NADA ME PUEDE FALTAR.

  #455  
Viejo 23/03/12, 15:45:15
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"¡Dios mío, ven en mi auxilio. Señor, date prisa en socorrerme!" (Salmo 69)


  #456  
Viejo 24/03/12, 15:30:51
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Himno oficial de la visita del Papa a México.




1º Discurso del Santo Padre:

Me siento muy feliz de estar aquí, y doy gracias a Dios por haberme permitido realizar el deseo, guardado en mi corazón desde hace mucho tiempo, de poder confirmar en la fe al Pueblo de Dios de esta gran nación en su propia tierra. Es proverbial el fervor del pueblo mexicano con el Sucesor de Pedro, que lo tiene siempre muy presente en su oración. Lo digo en este lugar, considerado el centro geográfico de su territorio, al cual ya quiso venir desde su primer viaje mi venerado predecesor, el beato Juan Pablo II. Al no poder hacerlo, dejó en aquella ocasión un mensaje de aliento y bendición cuando sobrevolaba su espacio aéreo. Hoy me siento dichoso de hacerme eco de sus palabras, en suelo firme y entre ustedes: Agradezco ― decía en su mensaje ― el afecto al Papa y la fidelidad al Señor de los fieles del Bajío y de Guanajuato. Que Dios les acompañe siempre (cf. Telegrama, 30 enero 1979).

Con este recuerdo entrañable, le doy las gracias, Señor Presidente, por su cálido recibimiento, y saludo con deferencia a su distinguida esposa y demás autoridades que han querido honrarme con su presencia. Un saludo muy especial a Monseñor José Guadalupe Martín Rábago, Arzobispo de León, así como a Monseñor Carlos Aguiar Retes, Arzobispo de Tlalnepantla, y Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano y del Consejo Episcopal Latinoamericano. Con esta breve visita, deseo estrechar las manos de todos los mexicanos y abarcar a las naciones y pueblos latinoamericanos, bien representados aquí por tantos obispos, precisamente en este lugar en el que el majestuoso monumento a Cristo Rey, en el cerro del Cubilete, da muestra de la raigambre de la fe católica entre los mexicanos, que se acogen a su constante bendición en todas sus vicisitudes.

México, y la mayoría de los pueblos latinoamericanos, han conmemorado el bicentenario de su independencia, o lo están haciendo en estos años. Muchas han sido las celebraciones religiosas para dar gracias a Dios por este momento tan importante y significativo. Y en ellas, como se hizo en la Santa Misa en la Basílica de San Pedro, en Roma, en la solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe, se invocó con fervor a María Santísima, que hizo ver con dulzura cómo el Señor ama a todos y se entregó por ellos sin distinciones. Nuestra Madre del cielo ha seguido velando por la fe de sus hijos también en la formación de estas naciones, y lo sigue haciendo hoy ante los nuevos desafíos que se les presentan.

Vengo como peregrino de la fe, de la esperanza y de la caridad. Deseo confirmar en la fe a los creyentes en Cristo, afianzarlos en ella y animarlos a revitalizarla con la escucha de la Palabra de Dios, los sacramentos y la coherencia de vida. Así podrán compartirla con los demás, como misioneros entre sus hermanos, y ser fermento en la sociedad, contribuyendo a una convivencia respetuosa y pacífica, basada en la inigualable dignidad de toda persona humana, creada por Dios, y que ningún poder tiene derecho a olvidar o despreciar. Esta dignidad se expresa de manera eminente en el derecho fundamental a la libertad religiosa, en su genuino sentido y en su plena integridad.

Como peregrino de la esperanza, les digo con san Pablo: «No se entristezcan como los que no tienen esperanza» (1 Ts 4,13). La confianza en Dios ofrece la certeza de encontrarlo, de recibir su gracia, y en ello se basa la esperanza de quien cree. Y, sabiendo esto, se esfuerza en transformar también las estructuras y acontecimientos presentes poco gratos, que parecen inconmovibles e insuperables, ayudando a quien no encuentra en la vida sentido ni porvenir. Sí, la esperanza cambia la existencia concreta de cada hombre y cada mujer de manera real (cf. Spe salvi, 2). La esperanza apunta a «un cielo nuevo y una tierra nueva» (Ap 21,1), tratando de ir haciendo palpable ya ahora algunos de sus reflejos. Además, cuando arraiga en un pueblo, cuando se comparte, se difunde como la luz que despeja las tinieblas que ofuscan y atenazan. Este país, este Continente, está llamado a vivir la esperanza en Dios como una convicción profunda, convirtiéndola en una actitud del corazón y en un compromiso concreto de caminar juntos hacia un mundo mejor. Como ya dije en Roma, «continúen avanzando sin desfallecer en la construcción de una sociedad cimentada en el desarrollo del bien, el triunfo del amor y la difusión de la justicia» (Homilía en la solemnidad de Nuestra Señor de Guadalupe, Roma, 12 diciembre 2011).

Junto a la fe y la esperanza, el creyente en Cristo, y la Iglesia en su conjunto, vive y practica la caridad como elemento esencial de su misión. En su acepción primera, la caridad «es ante todo y simplemente la respuesta a una necesidad inmediata en una determinada situación» (Deus caritas est, 31,a), como es socorrer a los que padecen hambre, carecen de cobijo, están enfermos o necesitados en algún aspecto de su existencia. Nadie queda excluido por su origen o creencias de esta misión de la Iglesia, que no entra en competencia con otras iniciativas privadas o públicas, es más, ella colabora gustosa con quienes persiguen estos mismos fines. Tampoco pretende otra cosa que hacer de manera desinteresada y respetuosa el bien al menesteroso, a quien tantas veces lo que más le falta es precisamente una muestra de amor auténtico.

Señor Presidente, amigos todos: en estos días pediré encarecidamente al Señor y a la Virgen de Guadalupe por este pueblo, para que haga honor a la fe recibida y a sus mejores tradiciones; y rezaré especialmente por quienes más lo precisan, particularmente por los que sufren a causa de antiguas y nuevas rivalidades, resentimientos y formas de violencia. Ya sé que estoy en un país orgulloso de su hospitalidad y deseoso de que nadie se sienta extraño en su tierra. Lo sé, lo sabía ya, pero ahora lo veo y lo siento muy dentro del corazón. Espero con toda mi alma que lo sientan también tantos mexicanos que viven fuera de su patria natal, pero que nunca la olvidan y desean verla crecer en la concordia y en un auténtico desarrollo integral. Muchas gracias.


Gracias de parte de:
  #457  
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Un gran científico le dijo a su mujer una vez que lloraba tras una discusión con él. _¿Qué haces llorando? Eso no sirve para nada ni tiene significación real. Que sepas que una lágrima no es otra cosa que un 98'3% de agua, y el resto es sólo glucosa, proteínas, sodio y potasio. _Y la mujer le dijo: ¿Ah sí? ¿Eso es una lágrima?...Tienes un gran cerebro, pero no tienes corazón.
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Palabras a los niños


Queridos niños:

Estoy contento de poderlos encontrar y ver sus rostros alegres llenando esta bella plaza. Ustedes ocupan un lugar muy importante en el corazón del Papa. Y en estos momentos quisiera que esto lo supieran todos los niños de México, particularmente los que soportan el peso del sufrimiento, el abandono, la violencia o el hambre, que en estos meses, a causa de la sequía, se ha dejado sentir fuertemente en algunas regiones. Gracias por este encuentro de fe, por la presencia festiva y el regocijo que han expresado con los cantos. Hoy estamos llenos de júbilo, y eso es importante. Dios quiere que seamos siempre felices. Él nos conoce y nos ama. Si dejamos que el amor de Cristo cambie nuestro corazón, entonces nosotros podremos cambiar el mundo. Ese es el secreto de la auténtica felicidad.

Este lugar en el que nos hallamos tiene un nombre que expresa el anhelo presente en el corazón de todos los pueblos: «la paz», un don que proviene de lo alto. «La paz esté con ustedes» (Jn 20,21). Son las palabras del Señor resucitado. Las oímos en cada Misa, y hoy resuenan de nuevo aquí, con la esperanza de que cada uno se transforme en sembrador y mensajero de esa paz por la que Cristo entregó su vida.

El discípulo de Jesús no responde al mal con el mal, sino que es siempre instrumento del bien, heraldo del perdón, portador de la alegría, servidor de la unidad. Él quiere escribir en cada una de sus vidas una historia de amistad. Ténganlo, pues, como el mejor de sus amigos. Él no se cansará de decirles que amen siempre a todos y hagan el bien. Esto lo escucharán, si procuran en todo momento un trato frecuente con él, que les ayudará aun en las situaciones más difíciles.

He venido para que sientan mi afecto. Cada uno de ustedes es un regalo de Dios para México y para el mundo. Su familia, la Iglesia, la escuela y quienes tienen responsabilidad en la sociedad han de trabajar unidos para que ustedes puedan recibir como herencia un mundo mejor, sin envidias ni divisiones.

Por ello, deseo elevar mi voz invitando a todos a proteger y cuidar a los niños, para que nunca se apague su sonrisa, puedan vivir en paz y mirar al futuro con confianza.

Ustedes, mis pequeños amigos, no están solos. Cuentan con la ayuda de Cristo y de su Iglesia para llevar un estilo de vida cristiano. Participen en la Misa del domingo, en la catequesis, en algún grupo de apostolado, buscando lugares de oración, fraternidad y caridad. Eso mismo vivieron los beatos Cristóbal, Antonio y Juan, los niños mártires de Tlaxcala, que conociendo a Jesús, en tiempos de la primera evangelización de México, descubrieron que no había tesoro más grande que él. Eran niños como ustedes, y de ellos podemos aprender que no hay edad para amar y servir.

Quisiera quedarme más tiempo con ustedes, pero ya debo irme. En la oración seguiremos juntos. Los invito, pues, a rezar continuamente, también en casa; así experimentarán la alegría de hablar con Dios en familia. Recen por todos, también por mí. Yo rezaré por ustedes, para que México sea un hogar en el que todos sus hijos vivan con serenidad y armonía. Los bendigo de corazón y les pido que lleven el cariño y la bendición del Papa a sus padres y hermanos, así como a sus demás seres queridos. Que la Virgen les acompañe.

Muchas gracias, mis pequeños amigos.






Homilía Misa ante más e 600.000 fieles.

Queridos hermanos y hermanas:

Me complace estar entre ustedes, y deseo agradecer vivamente a Monseñor José Guadalupe Martín Rábago, Arzobispo de León, sus amables palabras de bienvenida. Saludo al episcopado mexicano, así como a los Señores Cardenales y demás Obispos aquí presentes, en particular a los procedentes de Latinoamérica y el Caribe. Vaya también mi saludo caluroso a las Autoridades que nos acompañan, así como a todos los que se han congregado para participar en esta Santa Misa presidida por el Sucesor de Pedro.

«Crea en mí, Señor, un corazón puro» (Sal 50,12), hemos invocado en el salmo responsorial. Esta exclamación muestra la profundidad con la que hemos de prepararnos para celebrar la próxima semana el gran misterio de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Nos ayuda asimismo a mirar muy dentro del corazón humano, especialmente en los momentos de dolor y de esperanza a la vez, como los que atraviesa en la actualidad el pueblo mexicano y también otros de Latinoamérica.

El anhelo de un corazón puro, sincero, humilde, aceptable a Dios, era muy sentido ya por Israel, a medida que tomaba conciencia de la persistencia del mal y del pecado en su seno, como un poder prácticamente implacable e imposible de superar. Quedaba sólo confiar en la misericordia de Dios omnipotente y la esperanza de que él cambiara desde dentro, desde el corazón, una situación insoportable, oscura y sin futuro. Así fue abriéndose paso el recurso a la misericordia infinita del Señor, que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (cf. Ez 33,11). Un corazón puro, un corazón nuevo, es el que se reconoce impotente por sí mismo, y se pone en manos de Dios para seguir esperando en sus promesas. De este modo, el salmista puede decir convencido al Señor: «Volverán a ti los pecadores» (Sal 50,15). Y, hacia el final del salmo, dará una explicación que es al mismo tiempo una firme confesión de fe: «Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias» (v. 19).

La historia de Israel narra también grandes proezas y batallas, pero a la hora de afrontar su existencia más auténtica, su destino más decisivo, la salvación, más que en sus propias fuerzas, pone su esperanza en Dios, que puede recrear un corazón nuevo, no insensible y engreído. Esto nos puede recordar hoy a cada uno de nosotros y a nuestros pueblos que, cuando se trata de la vida personal y comunitaria, en su dimensión más profunda, no bastarán las estrategias humanas para salvarnos. Se ha de recurrir también al único que puede dar vida en plenitud, porque él mismo es la esencia de la vida y su autor, y nos ha hecho partícipes de ella por su Hijo Jesucristo.

El Evangelio de hoy prosigue haciéndonos ver cómo este antiguo anhelo de vida plena se ha cumplido realmente en Cristo. Lo explica san Juan en un pasaje en el que se cruza el deseo de unos griegos de ver a Jesús y el momento en que el Señor está por ser glorificado. A la pregunta de los griegos, representantes del mundo pagano, Jesús responde diciendo: «Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado» (Jn 12,23). Respuesta extraña, que parece incoherente con la pregunta de los griegos. ¿Qué tiene que ver la glorificación de Jesús con la petición de encontrarse con él? Pero sí que hay una relación. Alguien podría pensar –observa san Agustín– que Jesús se sentía glorificado porque venían a él los gentiles. Algo parecido al aplauso de la multitud que da «gloria» a los grandes del mundo, diríamos hoy. Pero no es así. «Convenía que a la excelsitud de su glorificación precediese la humildad de su pasión» (In Joannis Ev., 51,9: PL 35, 1766).

La respuesta de Jesús, anunciando su pasión inminente, viene a decir que un encuentro ocasional en aquellos momentos sería superfluo y tal vez engañoso. Al que los griegos quieren ver en realidad, lo verán levantado en la cruz, desde la cual atraerá a todos hacia sí (cf. Jn 12,32).Allí comenzará su «gloria», a causa de su sacrificio de expiación por todos, como el grano de trigo caído en tierra que muriendo, germina y da fruto abundante. Encontrarán a quien seguramente sin saberlo andaban buscando en su corazón, al verdadero Dios que se hace reconocible para todos los pueblos. Este es también el modo en que Nuestra Señora de Guadalupe mostró su divino Hijo a san Juan Diego. No como a un héroe portentoso de leyenda, sino como al verdaderísimo Dios, por quien se vive, al Creador de las personas, de la cercanía y de la inmediación, del Cielo y de la Tierra (cf. Nican Mopohua, v. 33). Ella hizo en aquel momento lo que ya había ensayado en las Bodas de Caná. Ante el apuro de la falta de vino, indicó claramente a los sirvientes que la vía a seguir era su Hijo: «Hagan lo que él les diga» (Jn 2,5).

Queridos hermanos, al venir aquí he podido acercarme al monumento a Cristo Rey, en lo alto del Cubilete. Mi venerado predecesor, el beato Papa Juan Pablo II, aunque lo deseó ardientemente, no pudo visitar este lugar emblemático de la fe del pueblo mexicano en sus viajes a esta querida tierra. Seguramente se alegrará hoy desde el cielo de que el Señor me haya concedido la gracia de poder estar ahora con ustedes, como también habrá bendecido a tantos millones de mexicanos que han querido venerar sus reliquias recientemente en todos los rincones del país. Pues bien, en este monumento se representa a Cristo Rey. Pero las coronas que le acompañan, una de soberano y otra de espinas, indican que su realeza no es como muchos la entendieron y la entienden. Su reinado no consiste en el poder de sus ejércitos para someter a los demás por la fuerza o la violencia. Se funda en un poder más grande que gana los corazones: el amor de Dios que él ha traído al mundo con su sacrificio y la verdad de la que ha dado testimonio. Éste es su señorío, que nadie le podrá quitar ni nadie debe olvidar. Por eso es justo que, por encima de todo, este santuario sea un lugar de peregrinación, de oración ferviente, de conversión, de reconciliación, de búsqueda de la verdad y acogida de la gracia. A él, a Cristo, le pedimos que reine en nuestros corazones haciéndolos puros, dóciles, esperanzados y valientes en la propia humildad.

También hoy, desde este parque con el que se quiere dejar constancia del bicentenario del nacimiento de la nación mexicana, aunando en ella muchas diferencias, pero con un destino y un afán común, pidamos a Cristo un corazón puro, donde él pueda habitar como príncipe de la paz, gracias al poder de Dios, que es el poder del bien, el poder del amor. Y, para que Dios habite en nosotros, hay que escucharlo, hay que dejarse interpelar por su Palabra cada día, meditándola en el propio corazón, a ejemplo de María (cf. Lc 2,51). Así crece nuestra amistad personal con él, se aprende lo que espera de nosotros y se recibe aliento para darlo a conocer a los demás.

En Aparecida, los Obispos de Latinoamérica y el Caribe han sentido con clarividencia la necesidad de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en la historia de estas tierras «desde el encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros» (Documento conclusivo, 11). La Misión Continental, que ahora se está llevando a cabo diócesis por diócesis en este Continente, tiene precisamente el cometido de hacer llegar esta convicción a todos los cristianos y comunidades eclesiales, para que resistan a la tentación de una fe superficial y rutinaria, a veces fragmentaria e incoherente. También aquí se ha de superar el cansancio de la fe y recuperar «la alegría de ser cristianos, de estar sostenidos por la felicidad interior de conocer a Cristo y de pertenecer a su Iglesia. De esta alegría nacen también las energías para servir a Cristo en las situaciones agobiantes de sufrimiento humano, para ponerse a su disposición, sin replegarse en el propio bienestar»(Discurso a la Curia Romana, 22 de diciembre de 2011). Lo vemos muy bien en los santos, que se entregaron de lleno a la causa del evangelio con entusiasmo y con gozo, sin reparar en sacrificios, incluso el de la propia vida. Su corazón era una apuesta incondicional por Cristo, de quien habían aprendido lo que significa verdaderamente amar hasta el final.

En este sentido, el Año de la fe, al que he convocado a toda la Iglesia, «es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo [...]. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo» (Porta fidei, 11 octubre 2011, 6.7).

Pidamos a la Virgen María que nos ayude a purificar nuestro corazón, especialmente ante la cercana celebración de las fiestas de Pascua, para que lleguemos a participar mejor en el misterio salvador de su Hijo, tal como ella lo dio a conocer en estas tierras. Y pidámosle también que siga acompañando y amparando a sus queridos hijos mexicanos y latinoamericanos, para que Cristo reine en sus vidas y les ayude a promover audazmente la paz, la concordia, la justicia y la solidaridad.

Amén.


  #459  
Viejo 26/03/12, 10:25:41
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ÁNGELUS DEL DOMINGO.

En el Evangelio de este domingo, Jesús habla del grano de trigo que cae en tierra, muere y se multiplica, respondiendo a algunos griegos que se acercan al apóstol Felipe para pedirle: «Quisiéramos ver a Jesús» (Jn 12,21). Nosotros hoy invocamos a María Santísima y le suplicamos: «Muéstranos a Jesús».

Al rezar ahora el Ángelus, recordando la Anunciación del Señor, nuestros ojos también se dirigen espiritualmente hacia el cerro del Tepeyac, al lugar donde la Madre de Dios, bajo el título de «la siempre virgen santa María de Guadalupe», es honrada con fervor desde hace siglos, como signo de reconciliación y de la infinita bondad de Dios para con el mundo.

Mis Predecesores en la Cátedra de san Pedro la honraron con títulos tan entrañables como Señora de México, celestial Patrona de Latinoamérica, Madre y Emperatriz de este Continente. Sus fieles hijos, a su vez, que experimentan sus auxilios, la invocan llenos de confianza con nombres tan afectuosos y familiares como Rosa de México, Señora del Cielo, Virgen Morena, Madre del Tepeyac, Noble Indita.

Queridos hermanos, no olviden que la verdadera devoción a la Virgen María nos acerca siempre a Jesús, y «no consiste ni en un estéril y transitorio sentimentalismo, ni en una vana credulidad, sino que procede de la fe verdadera, que nos lleva a reconocer la excelencia de la Madre de Dios y nos inclina a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes» (Lumen gentium, 67). Amarla es comprometerse a escuchar a su Hijo, venerar a la Guadalupana es vivir según las palabras del fruto bendito de su vientre.

En estos momentos en que tantas familias se encuentran divididas o forzadas a la migración, cuando muchas padecen a causa de la pobreza, la corrupción, la violencia doméstica, el narcotráfico, la crisis de valores o la criminalidad, acudimos a María en busca de consuelo, fortaleza y esperanza. Es la Madre del verdadero Dios, que invita a estar con la fe y la caridad bajo su sombra, para superar así todo mal e instaurar una sociedad más justa y solidaria.


Con estos sentimientos, deseo poner nuevamente bajo la dulce mirada de Nuestra Señora de Guadalupe a este País y a toda Latinoamérica y el Caribe. Confío a cada uno de sus hijos a la Estrella de la primera y de la nueva evangelización, que ha animado con su amor materno su historia cristiana, dando expresión propia a sus gestas patrias, a sus iniciativas comunitarias y sociales, a la vida familiar, a la devoción personal y a la Misión continental que ahora se está desarrollando en estas nobles tierras. En tiempos de prueba y dolor, ella ha sido invocada por tantos mártires que, a la voz de «viva Cristo Rey y María de Guadalupe», han dado testimonio inquebrantable de fidelidad al Evangelio y entrega a la Iglesia. Le suplico ahora que su presencia en esta querida Nación continúe llamando al respeto, defensa y promoción de la vida humana y al fomento de la fraternidad, evitando la inútil venganza y desterrando el odio que divide. Santa María de Guadalupe nos bendiga y nos alcance por su intercesión abundantes gracias del Cielo.









CELEBRACIÓN DE LAS VÍSPERAS
CON LOS OBISPOS DE MÉXICO Y DE AMÉRICA LATINA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Basílica-Catedral de Nuestra Señora de la Luz, León
Domingo 25 de marzo de 2012

[Vídeo]

Señores Cardenales,
Queridos hermanos en el Episcopado:

Es un gran gozo rezar con todos ustedes en esta Basílica-Catedral de León, dedicada a Nuestra Señora de la Luz. En la bella imagen que se venera en este templo, la Santísima Virgen tiene en una mano a su Hijo con gran ternura, y extiende la otra para socorrer a los pecadores. Así ve a María la Iglesia de todos los tiempos, que la alaba por habernos dado al Redentor, y se confía a ella por ser la Madre que su divino Hijo nos dejó desde la cruz. Por eso, nosotros la imploramos frecuentemente como «esperanza nuestra», porque nos ha mostrado a Jesús y transmitido las grandezas que Dios ha hecho y hace con la humanidad, de una manera sencilla, como explicándolas a los pequeños de la casa.

Un signo decisivo de estas grandezas nos la ofrece la lectura breve que hemos proclamado en estas Vísperas. Los habitantes de Jerusalén y sus jefes no reconocieron a Cristo, pero, al condenarlo a muerte, dieron cumplimiento de hecho a las palabras de los profetas (cf. Hch 13,27). Sí, la maldad y la ignorancia de los hombres no es capaz de frenar el plan divino de salvación, la redención. El mal no puede tanto.

Otra maravilla de Dios nos la recuerda el segundo salmo que acabamos de recitar: Las «peñas» se transforman «en estanques, el pedernal en manantiales de agua» (Sal 113,8). Lo que podría ser piedra de tropiezo y de escándalo, con el triunfo de Jesús sobre la muerte se convierte en piedra angular: «Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente» (Sal 117,23). No hay motivos, pues, para rendirse al despotismo del mal. Y pidamos al Señor Resucitado que manifieste su fuerza en nuestras debilidades y penurias.

Esperaba con gran ilusión este encuentro con ustedes, Pastores de la Iglesia de Cristo que peregrina en México y en los diversos países de este gran Continente, como una ocasión para mirar juntos a Cristo que les ha encomendado la hermosa tarea de anunciar el evangelio en estos pueblos de recia raigambre católica. La situación actual de sus diócesis plantea ciertamente retos y dificultades de muy diversa índole. Pero, sabiendo que el Señor ha resucitado, podemos proseguir confiados, con la convicción de que el mal no tiene la última palabra de la historia, y que Dios es capaz de abrir nuevos espacios a una esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5).

Agradezco el cordial saludo que me ha dirigido el Señor Arzobispo de Tlalnepantla y Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano y del Consejo Episcopal Latinoamericano, haciéndose intérprete y portavoz de todos. Y les ruego a ustedes, Pastores de las diversas Iglesias particulares, que, al regresar a sus sedes, trasmitan a sus fieles el afecto entrañable del Papa, que lleva muy dentro de su corazón todos sus sufrimientos y aspiraciones.

Al ver en sus rostros el reflejo de las preocupaciones de la grey que apacientan, me vienen a la mente las Asambleas del Sínodo de los Obispos, en las que los participantes aplauden cuando intervienen quienes ejercen su ministerio en situaciones particularmente dolorosas para la vida y la misión de la Iglesia. Ese gesto brota de la fe en el Señor, y significa fraternidad en los trabajos apostólicos, así como gratitud y admiración por los que siembran el evangelio entre espinas, unas en forma de persecución, otras de marginación o menosprecio. Tampoco faltan preocupaciones por la carencia de medios y recursos humanos, o las trabas impuestas a la libertad de la Iglesia en el cumplimiento de su misión.

El Sucesor de Pedro participa de estos sentimientos y agradece su solicitud pastoral paciente y humilde. Ustedes no están solos en los contratiempos, como tampoco lo están en los logros evangelizadores. Todos estamos unidos en los padecimientos y en la consolación (cf. 2 Co 1,5). Sepan que cuentan con un lugar destacado en la plegaria de quien recibió de Cristo el encargo de confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22,31), que les anima también en la misión de hacer que nuestro Señor Jesucristo sea cada vez más conocido, amado y seguido en estas tierras, sin dejarse amedrentar por las contrariedades.

La fe católica ha marcado significativamente la vida, costumbres e historia de este Continente, en el que muchas de sus naciones están conmemorando el bicentenario de su independencia. Es un momento histórico en el que siguió brillando el nombre de Cristo, llegado aquí por obra de insignes y abnegados misioneros, que lo proclamaron con audacia y sabiduría. Ellos lo dieron todo por Cristo, mostrando que el hombre encuentra en él su consistencia y la fuerza necesaria para vivir en plenitud y edificar una sociedad digna del ser humano, como su Creador lo ha querido. Aquel ideal de no anteponer nada al Señor, y de hacer penetrante la Palabra de Dios en todos, sirviéndose de los propios signos y mejores tradiciones, sigue siendo una valiosa orientación para los Pastores de hoy.

Las iniciativas que se realicen con motivo del Año de la fe deben estar encaminadas a conducir a los hombres hacia Cristo, cuya gracia les permitirá dejar las cadenas del pecado que los esclaviza y avanzar hacia la libertad auténtica y responsable. A esto está ayudando también la Misión continental promovida en Aparecida, que tantos frutos de renovación eclesial está ya cosechando en las Iglesias particulares de América Latina y el Caribe. Entre ellos, el estudio, la difusión y meditación de la Sagrada Escritura, que anuncia el amor de Dios y nuestra salvación. En este sentido, los exhorto a seguir abriendo los tesoros del evangelio, a fin de que se conviertan en potencia de esperanza, libertad y salvación para todos los hombres (cf. Rm 1,16). Y sean también fieles testigos e intérpretes de la palabra del Hijo encarnado, que vivió para cumplir la voluntad del Padre y, siendo hombre con los hombres, se desvivió por ellos hasta la muerte.

Queridos hermanos en el Episcopado, en el horizonte pastoral y evangelizador que se abre ante nosotros, es de capital relevancia cuidar con gran esmero de los seminaristas, animándolos a que no se precien «de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado» (1 Co 2,2). No menos fundamental es la cercanía a los presbíteros, a los que nunca debe faltar la comprensión y el aliento de su Obispo y, si fuera necesario, también su paterna admonición sobre actitudes improcedentes. Son sus primeros colaboradores en la comunión sacramental del sacerdocio, a los que han de mostrar una constante y privilegiada cercanía. Igualmente cabe decir de las diversas formas de vida consagrada, cuyos carismas han de ser valorados con gratitud y acompañados con responsabilidad y respeto al don recibido. Y una atención cada vez más especial se debe a los laicos más comprometidos en la catequesis, la animación litúrgica, la acción caritativa y el compromiso social. Su formación en la fe es crucial para hacer presente y fecundo el evangelio en la sociedad de hoy. Y no es justo que se sientan tratados como quienes apenas cuentan en la Iglesia, no obstante la ilusión que ponen en trabajar en ella según su propia vocación, y el gran sacrificio que a veces les supone esta dedicación. En todo esto, es particularmente importante para los Pastores que reine un espíritu de comunión entre sacerdotes, religiosos y laicos, evitando divisiones estériles, críticas y recelos nocivos.

Con estos vivos deseos, les invito a ser vigías que proclamen día y noche la gloria de Dios, que es la vida del hombre. Estén del lado de quienes son marginados por la fuerza, el poder o una riqueza que ignora a quienes carecen de casi todo. La Iglesia no puede separar la alabanza de Dios del servicio a los hombres. El único Dios Padre y Creador es el que nos ha constituido hermanos: ser hombre es ser hermano y guardián del prójimo. En este camino, junto a toda la humanidad, la Iglesia tiene que revivir y actualizarlo que fue Jesús: el Buen Samaritano, que viniendo de lejos se insertó en la historia de los hombres, nos levantó y se ocupó de nuestra curación.

Queridos hermanos en el Episcopado, la Iglesia en América Latina, que muchas veces se ha unido a Jesucristo en su pasión, ha de seguir siendo semilla de esperanza, que permita ver a todos cómo los frutos de la resurrección alcanzan y enriquecen estas tierras.

Que la Madre de Dios, en su advocación de María Santísima de la Luz, disipe las tinieblas de nuestro mundo y alumbre nuestro camino, para que podamos confirmar en la fe al pueblo latinoamericano en sus fatigas y anhelos, con entereza, valentía y fe firme en quien todo lo puede y a todos ama hasta el extremo.

Amén.



  #460  
Viejo 26/03/12, 23:47:59
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DESPEDIDA DE MÉXICO

Mi breve pero intensa visita a México llega ahora a su fin. Pero no es el fin de mi afecto y cercanía a un país que llevo muy dentro de mí. Me voy colmado de experiencias inolvidables, como inolvidables son tantas atenciones y muestras de afecto recibidas. Agradezco las amables palabras que me ha dirigido el Señor Presidente, así como lo mucho que las autoridades han hecho por este entrañable viaje. Y doy las gracias de todo corazón a cuantos han facilitado o colaborado para que, tanto en los aspectos destacados como en los más pequeños detalles, los actos de estas jornadas se hayan desarrollado felizmente. Pido al Señor que tantos esfuerzos no hayan sido vanos, y que con su ayuda produzcan frutos abundantes y duraderos en la vida de fe, esperanza y caridad de León y Guanajuato, de México y de los países hermanos de Latinoamérica y el Caribe.

Ante la fe en Jesucristo que he sentido vibrar en los corazones, y la devoción entrañable a su Madre, invocada aquí con títulos tan hermosos como el de Guadalupe y la Luz, que he visto reflejada en los rostros, deseo reiterar con energía y claridad un llamado al pueblo mexicano a ser fiel a sí mismo y a no dejarse amedrentar por las fuerzas del mal, a ser valiente y trabajar para que la savia de sus propias raíces cristianas haga florecer su presente y su futuro.

También he sido testigo de gestos de preocupación por diversos aspectos de la vida en este amado país, unos de más reciente relieve y otros que provienen de más atrás, y que tantos desgarros siguen causando. Los llevo igualmente conmigo, compartiendo tanto las alegrías como el dolor de mis hermanos mexicanos, para ponerlos en oración al pie de la cruz, en el corazón de Cristo, del que mana el agua y la sangre redentora.

En estas circunstancias, aliento ardientemente a los católicos mexicanos, y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, a no ceder a la mentalidad utilitarista, que termina siempre sacrificando a los más débiles e indefensos. Los invito a un esfuerzo solidario, que permita a la sociedad renovarse desde sus fundamentos para alcanzar una vida digna, justa y en paz para todos. Para los católicos, esta contribución al bien común es también una exigencia de esa dimensión esencial del evangelio que es la promoción humana, y una expresión altísima de la caridad. Por eso, la Iglesia exhorta a todos sus fieles a ser también buenos ciudadanos, conscientes de su responsabilidad de preocuparse por el bien de los demás, de todos, tanto en la esfera personal como en los diversos sectores de la sociedad.

Queridos amigos mexicanos, les digo ¡adiós!, en el sentido de la bella expresión tradicional hispánica: ¡Queden con Dios! Sí, adiós; hasta siempre en el amor de Cristo, en el que todos nos encontramos y nos encontraremos. Que el Señor les bendiga y María Santísima les proteja. Muchas gracias.











BIENVENIDA A CUBA

Le agradezco, Señor Presidente, su acogida y sus corteses palabras de bienvenida, con las que ha querido transmitir también los sentimientos de respeto de parte del gobierno y el pueblo cubano hacia el Sucesor de Pedro. Saludo a las Autoridades que nos acompañan, así como a los miembros del Cuerpo Diplomático aquí presentes. Dirijo un caluroso saludo al Señor Arzobispo de Santiago de Cuba y Presidente de la Conferencia Episcopal, Monseñor Dionisio Guillermo García Ibáñez, al Señor Arzobispo de La Habana, Cardenal Jaime Ortega y Alamino, y a los demás hermanos Obispos de Cuba, a los que manifiesto toda mi cercanía espiritual. Saludo en fin con todo el afecto de mi corazón a los fieles de la Iglesia católica en Cuba, a los queridos habitantes de esta hermosa isla y a todos los cubanos, allá donde se encuentren. Los tengo siempre muy presentes en mi corazón y en mi oración, y más aún en los días en que se acercaba el momento tan deseado de visitarles, y que gracias a la bondad divina he podido realizar.

Al hallarme entre ustedes, no puedo dejar de recordar la histórica visita a Cuba de mi Predecesor, el Beato Juan Pablo II, que ha dejado una huella imborrable en el alma de los cubanos. Para muchos, creyentes o no, su ejemplo y sus enseñanzas constituyen una guía luminosa que les orienta tanto en la vida personal como en la actuación pública al servicio del bien común de la Nación. En efecto, su paso por la isla fue como una suave brisa de aire fresco que dio nuevo vigor a la Iglesia en Cuba, despertando en muchos una renovada conciencia de la importancia de la fe, alentando a abrir los corazones a Cristo, al mismo tiempo que alumbró la esperanza e impulsó el deseo de trabajar audazmente por un futuro mejor. Uno de los frutos importantes de aquella visita fue la inauguración de una nueva etapa en las relaciones entre la Iglesia y el Estado cubano, con un espíritu de mayor colaboración y confianza, si bien todavía quedan muchos aspectos en los que se puede y debe avanzar, especialmente por cuanto se refiere a la aportación imprescindible que la religión está llamada a desempeñar en el ámbito público de la sociedad.

Me complace vivamente unirme a vuestra alegría con motivo de la celebración del cuatrocientos aniversario del hallazgo de la bendita imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre. Su entrañable figura ha estado desde el principio muy presente tanto en la vida personal de los cubanos como en los grandes acontecimientos del País, de modo muy particular durante su independencia, siendo venerada por todos como verdadera madre del pueblo cubano. La devoción a «la Virgen Mambisa» ha sostenido la fe y ha alentado la defensa y promoción de cuanto dignifica la condición humana y sus derechos fundamentales; y continúa haciéndolo aún hoy con más fuerza, dando así testimonio visible de la fecundidad de la predicación del evangelio en estas tierras, y de las profundas raíces cristianas que conforman la identidad más honda del alma cubana. Siguiendo la estela de tantos peregrinos a lo largo de estos siglos, también yo deseo ir a El Cobre a postrarme a los pies de la Madre de Dios, para agradecerle sus desvelos por todos sus hijos cubanos y pedirle su intercesión para que guíe los destinos de esta amada Nación por los caminos de la justicia, la paz, la libertad y la reconciliación.

Vengo a Cuba como peregrino de la caridad, para confirmar a mis hermanos en la fe y alentarles en la esperanza, que nace de la presencia del amor de Dios en nuestras vidas. Llevo en mi corazón las justas aspiraciones y legítimos deseos de todos los cubanos, dondequiera que se encuentren, sus sufrimientos y alegrías, sus preocupaciones y anhelos más nobles, y de modo especial de los jóvenes y los ancianos, de los adolescentes y los niños, de los enfermos y los trabajadores, de los presos y sus familiares, así como de los pobres y necesitados.

Muchas partes del mundo viven hoy un momento de especial dificultad económica, que no pocos concuerdan en situar en una profunda crisis de tipo espiritual y moral, que ha dejado al hombre vacío de valores y desprotegido frente a la ambición y el egoísmo de ciertos poderes que no tienen en cuenta el bien auténtico de las personas y las familias. No se puede seguir por más tiempo en la misma dirección cultural y moral que ha causado la dolorosa situación que tantos experimentan. En cambio, el progreso verdadero tiene necesidad de una ética que coloque en el centro a la persona humana y tenga en cuenta sus exigencias más auténticas, de modo especial su dimensión espiritual y religiosa. Por eso, en el corazón y el pensamiento de muchos, se abre paso cada vez más la certeza de que la regeneración de las sociedades y del mundo requiere hombres rectos, de firmes convicciones morales y altos valores de fondo que no sean manipulables por estrechos intereses, y que respondan a la naturaleza inmutable y trascendente del ser humano.

Queridos amigos, estoy convencido de que Cuba, en este momento especialmente importante de su historia, está mirando ya al mañana, y para ello se esfuerza por renovar y ensanchar sus horizontes, a lo que cooperará ese inmenso patrimonio de valores espirituales y morales que han ido conformando su identidad más genuina, y que se encuentran esculpidos en la obra y la vida de muchos insignes padres de la patria, como el Beato José Olallo y Valdés, el Siervo de Dios Félix Varela o el prócer José Martí. La Iglesia, por su parte, ha sabido contribuir diligentemente al cultivo de esos valores mediante su generosa y abnegada misión pastoral, y renueva sus propósitos de seguir trabajando sin descanso por servir mejor a todos los cubanos.

Ruego al Señor que bendiga copiosamente a esta tierra y a sus hijos, en particular a los que se sienten desfavorecidos, a los marginados y a cuantos sufren en el cuerpo o en el espíritu, al mismo tiempo que, por intercesión de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, conceda a todos un futuro lleno de esperanza, solidaridad y concordia. Muchas gracias.




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