Logsemán
03/04/12, 14:25:55
Érase que se era un joven fogoso, recién llegado a la Villa y Corte, y con un poco de dinero. Desde que había llegado a la ciudad se le había bombardeado con propaganda de cierto teléfono, con la por entonces novísima Pantalla SuperAMOLED. El joven, previa consulta de Xataka, se inclinó por él. Su impresionante chip Hummingbird, su pantalla grande y su sistema operativo nuevo y colorido eran un cambio radical desde su viejo iPod touch, que había echado el bofe. Así que fue a comprarlo. El joven acudió a la tienda más grande de la operadora en la ciudad, en cierta Vía de importancia. Mientras esperaba pasaron ante él una mujer sorda que compró tres iPhones, una piara de ejecutivos de lo que debía ser una firma japonesa, todos trajeados y mirando con una mueca sardónica a quienes aguardaban su turno, síntoma inequívoco de que para esos hombres grises, como los llamaría Michael Ende, las colas, las esperas, los retrasos y las decepciones no existen.
La naturaleza fogosa del joven no se demostró aquel día, pero sí su impaciencia creciente. Tras casi una hora de espera hasta que le atendieran, su despacho fue lento y laborioso. Pareciera que estuviese buscando un teléfono de 1910, más que uno de un siglo posterior. Por su cabeza pasaron, en imparable desfile caleidoscópico, todas las lecturas que tenía sobre la ineficiencia de las grandes empresas, y los espurios modos con los que conservan su dominación sobre el mercado. Pero todo le fue compensado: las casi dos horas que pasó retenido en aquel templo de consumo fueron atendidas con "un regalo" por la siempre amable y atenta encargada. A cambio de 99 euros y 30+6 de IVA, desglosados en 20 euros de voz obligatorios para conseguir una tarifa de datos de 100 megas y 10 euros adicionales. Tras volver el joven con presteza a sus lares para disfrutar de su tremenda compra, descubrió que su regalo no había sido, siquiera, aquel jeloj al que según Cortázar nos regalan cuando nos lo dan, sino una útil taza de desayuno.
Se las prometía felices el joven: rooteó su teléfono, se distrajo aprendiendo sobre él, luego lo enladrilló y después lo desenladrilló con un secador. Sin embargo, lentamente se dio cuenta de una cosa: ¡él nunca iba a gastar 20 euros de voz! ¡Y todos los meses se le superaban los 100 megabytes de datos que se le habían asignado! Viendo su historial de mensajes encontraba cada vez más cosas que no encajaban: ¡nunca le llegaban promociones! ¡Nada era para él! Buscó su asignación de puntos mensuales, y descubrió que cuando acabase su contrato podía comprar un teléfono alucinante como el Nokia 1616 sólo con juntar todos los puntos. Su resquemor fue creciendo, hasta que llegó a él la luz, que lo cegó cual al Saulo fariseo. E igual que al Saulo fariseo, que no dejó de ser fariseo por convertirse al cristianismo, el joven no dejó de sentir desprecio hacia la compañía solo por ver la luz.
El joven encontró que había pagado 99 + 36·18= 648 euros por el tremendo privilegio de un móvil que ya había vendido, y una tarifa que no usaba. Su desengaño culminó cuando se le llamó por teléfono con una promoción especial sólo para él... un tono YaVoy, de utilidad suprema para una persona que recibía una llamada a la semana. Dicho tono además había sido puesto sin consultarle. ¿Qué sorpresa fue entonces cuando, ya empezados los trámites para huir de aquella sartén en la que se había metido, le contara estas hazañas a la amable telefonista del Puno que le preguntó sobre su satisfacción sobre el servicio prestado? ¿Y qué sorpresa había en que, adornando con un poco de pimienta literaria el seco recuento de los sucesos, lo plasmara en un foro de telefonía de los más concurridos del país con el sintético título que ven arriba?
La naturaleza fogosa del joven no se demostró aquel día, pero sí su impaciencia creciente. Tras casi una hora de espera hasta que le atendieran, su despacho fue lento y laborioso. Pareciera que estuviese buscando un teléfono de 1910, más que uno de un siglo posterior. Por su cabeza pasaron, en imparable desfile caleidoscópico, todas las lecturas que tenía sobre la ineficiencia de las grandes empresas, y los espurios modos con los que conservan su dominación sobre el mercado. Pero todo le fue compensado: las casi dos horas que pasó retenido en aquel templo de consumo fueron atendidas con "un regalo" por la siempre amable y atenta encargada. A cambio de 99 euros y 30+6 de IVA, desglosados en 20 euros de voz obligatorios para conseguir una tarifa de datos de 100 megas y 10 euros adicionales. Tras volver el joven con presteza a sus lares para disfrutar de su tremenda compra, descubrió que su regalo no había sido, siquiera, aquel jeloj al que según Cortázar nos regalan cuando nos lo dan, sino una útil taza de desayuno.
Se las prometía felices el joven: rooteó su teléfono, se distrajo aprendiendo sobre él, luego lo enladrilló y después lo desenladrilló con un secador. Sin embargo, lentamente se dio cuenta de una cosa: ¡él nunca iba a gastar 20 euros de voz! ¡Y todos los meses se le superaban los 100 megabytes de datos que se le habían asignado! Viendo su historial de mensajes encontraba cada vez más cosas que no encajaban: ¡nunca le llegaban promociones! ¡Nada era para él! Buscó su asignación de puntos mensuales, y descubrió que cuando acabase su contrato podía comprar un teléfono alucinante como el Nokia 1616 sólo con juntar todos los puntos. Su resquemor fue creciendo, hasta que llegó a él la luz, que lo cegó cual al Saulo fariseo. E igual que al Saulo fariseo, que no dejó de ser fariseo por convertirse al cristianismo, el joven no dejó de sentir desprecio hacia la compañía solo por ver la luz.
El joven encontró que había pagado 99 + 36·18= 648 euros por el tremendo privilegio de un móvil que ya había vendido, y una tarifa que no usaba. Su desengaño culminó cuando se le llamó por teléfono con una promoción especial sólo para él... un tono YaVoy, de utilidad suprema para una persona que recibía una llamada a la semana. Dicho tono además había sido puesto sin consultarle. ¿Qué sorpresa fue entonces cuando, ya empezados los trámites para huir de aquella sartén en la que se había metido, le contara estas hazañas a la amable telefonista del Puno que le preguntó sobre su satisfacción sobre el servicio prestado? ¿Y qué sorpresa había en que, adornando con un poco de pimienta literaria el seco recuento de los sucesos, lo plasmara en un foro de telefonía de los más concurridos del país con el sintético título que ven arriba?